El fenómeno religioso envuelto por el fundamentalismo, los nacionalismos exaltados y radicales, los debates sobre la identidad de género, sin olvidar la controversia sobre la identidad cultural así como otra serie de movimientos socio-políticos hacen temer a gran parte de los ciudadanos de las sociedades occidentales que la política vaya tomando un tinte pasional que para nada parece lo más deseable. Un pequeño escalofrío nos recorre el cuerpo cuando presentimos que la exaltación pueda estar contaminando la política, que la política pueda dejar de ser una discusión razonable sobre intereses o un debate elegante sobre principios. Y es que tememos que la pasión sea ciega, no atienda a razones y recurra a la violencia de forma generalizada, si no única, para resolver los conflictos y contradicciones de nuestro mundo global.
Lo que hace ya un tiempo venimos llamando “polarización” refleja y acentúa esta situación. Y, con preocupación, nos recuerda las tesis de Carl Schmitt, jurista e inspirador de totalitarismos, cuya tesis se fundamentaba en la distinción de amigo y enemigo. El enemigo no tiene por que ser ni estéticamente feo, ni moralmente malo, ni siquiera tiene por que ser un competidor económico. Simplemente es el otro, y para determinar su esencia basta con que sea existencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente intenso.
Sobre esta intensidad vale la pena preguntarse. Preguntarse para escapar de esa intensidad, y que nuestras identificaciones e identidades puedan, tal vez, alumbrar una nueva subjetividad y sortear esa rigidez. No convertir nuestra identidad en un universal. Tener presente que el “yo no es dueño de su propia casa” como nos sugirió Freud y no olvidar sus contingencias como nos recordó Rorty, pasa por diferenciar lo universal, lo particular y lo singular. Y lo singular es una extrañeza para uno mismo.
Una carta de Freud a Bárbara Low nos puede ilustrar sobre esta cuestión, escrita poco antes de la Segunda Guerra Mundial. En esa carta Freud confiesa que ambos, el cuñado de Bárbara, que ha fallecido y él compartían en su intimidad esa cosa, inaccesible hasta ahora a todo análisis, … Cómo compartir lo íntimo y extraño, pero compartirlo, sea la oportunidad de tejer lazos que no se cierren sobre sí mismos. La adolescencia y juventud debería ser el momento privilegiado y fundamental para convivir con lo extraño, lo ajeno, para dejar que “esa cosa” nos interrogue.


